Buen dia
Yo pondría el nombre a prueba desde el lado menos romántico: ¿cuánto le va a costar a la empresa explicar ese nombre?
Un nombre puede ser original y aun así generar gastos y fricciones: clientes que no lo recuerdan, errores al buscarlo, dificultad para identificar el producto, necesidad constante de explicar qué significa o campañas que tienen que “educar” al mercado antes de vender.
Por eso, además de pensar si gusta, calcularía su impacto en el negocio. ¿Facilita que un cliente vuelva a encontrarte? ¿Ayuda a diferenciar el producto en un catálogo? ¿Funciona igual en una tienda física que en una búsqueda online? ¿Permite ampliar el portafolio sin tener que cambiar de identidad?
Al final, el nombre no debería ser una decisión aislada de branding. Tiene que acompañar la economía del negocio. Si ayuda a vender, recordar y crecer, estupendo. Si obliga a gastar continuamente para que la gente entienda quién eres, toca pensárselo dos veces.